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19/04/2014
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El mito del judío errante


AUTOR:  Gilad ATZMON ÌíáÇÏ ÃÊÒãæä

Traducido por  Manuel Talens


El historiador Shlomo Sand, profesor de la Universidad de Tel Aviv, inicia su brillante estudio del nacionalismo judío citando a Karl W. Deutsch: “Una nación es un grupo unido por un error común sobre su origen y una hostilidad colectiva hacia sus vecinos” [1].

Por muy simple o incluso simplista que parezca, esa cita resume con elocuencia el producto de la imaginación que yace enredado en el nacionalismo judío moderno y, sobre todo, en el concepto de identidad judía. Es obvio que señala con el dedo el error colectivo que los judíos tienden a cometer cada vez que se refieren a su “ilusorio pasado colectivo” y a su “origen colectivo”. De una misma tacada, la lectura del nacionalismo que hace Deutsch arroja luz sobre la hostilidad que por desgracia corre parejas en casi cada grupo judío con respecto a la realidad que lo rodea, ya sea humana o adopte la forma de territorio. Mientras que la brutalidad con que los israelitas tratan a los palestinos es ya algo sobradamente conocido, el áspero tratamiento que los israelíes reservan para su “tierra prometida” y su paisaje sólo empieza ahora a revelarse. El desastre ecológico que los israelíes van a dejar tras ellos será la causa del sufrimiento de muchas generaciones futuras. Dejando aparte el muro megalomaníaco que divide la tierra santa en enclaves de depravación y hambruna, Israel se las ha arreglado para contaminar sus principales ríos y arroyos con desechos nucleares y químicos.

When And How the Jewish People Was Invented [Cuándo y cómo fue inventado el pueblo judío] es un estudio escrito por el profesor Shlomo Sand, un historiador israelí. Se trata del estudio más serio jamás publicado sobre el nacionalismo judío y, de lejos, el análisis más valiente del discurso histórico judío.

En su libro, Sand se las arregla para probar fuera de toda duda razonable que el pueblo judío no existió nunca como “raza-nación” y nunca compartió un origen común. Muy al contrario, se trata de una colorida mezcla de grupos que en varias etapas de la historia adoptaron la religión judía.

En el caso de que el lector siga la línea de pensamiento de Sand y llegue a preguntarse, ¿cuándo fue inventado el pueblo judío?, la respuesta de Sand es bastante simple: “En algún momento del siglo XIX, algunos intelectuales de origen judío en Alemania, influenciados por el carácter folclórico del nacionalismo alemán, se impusieron la tarea de inventar ‘retrospectivamente’ un pueblo, ansiosos por crear un pueblo judío moderno.” [2].

De acuerdo con esto, el “pueblo judío” es una noción artificial formada por un pasado ficticio e imaginario con muy poca sustancia que lo respalde desde los puntos de vista forense, histórico o textual. Además, Sand –que utilizó fuentes iniciales de la antigüedad– llega a la conclusión de que el exilio judío es también un mito y de que es mucho más probable que los palestinos actuales sean los descendientes del antiguo pueblo semita de Judea/Canaán en vez de la multitud de asquenazíes de origen kazario a la que él reconoce pertenecer.

Lo sorprendente es que, a pesar de que Sand ha logrado desmantelar la noción de “pueblo judío”, de que destruye la noción de “pasado colectivo judío” y ridiculiza el ímpetu chovinista nacional judío, su libro es un bestseller en Israel. Este hecho, por sí mismo, puede sugerir que aquellos que se llaman a sí mismos “pueblo del libro” están ahora empezando a enterarse de las engañosas y devastadoras posturas e ideologías que los han convertido en eso que Khalid Amayreh y muchos otros consideran como los “nazis de nuestro tiempo”.

 

Hitler triunfó

Con mucha frecuencia, cuando se le pregunta a un judío laico y cosmopolita qué es lo que lo convierte en judío, suele replicar masticando una vacía respuesta: “Fue Hitler quien me hizo judío”. Incluso si el judío cosmopolita, que es internacionalista, critica las inclinaciones nacionalistas de otros pueblos, insiste en seguir manteniendo su propio derecho a la “autodeterminación”. Sin embargo, no es él quien dirige esta exigencia de orientación nacional, sino el diablo, ese monstruo antisemita llamado Hitler. Según parece, el judío cosmopolita celebra su derecho al nacionalismo siempre que pueda echarle la culpa a Hitler.

En lo que respecta al judío laico cosmopolita, Hitler triunfó. Sand se las arregla para poner de relieve esta paradoja. Con mucha perspicacia sugiere que “mientras que en el siglo XIX referirse a los judíos como una ’identidad racial distinta’ era un signo de antisemitismo, en el Estado judío esta otredad está mental e intelectualmente arraigada [3]. En Israel, los judíos celebran su diferencia y sus condiciones únicas. Además, dice Sand, “hubo momentos en Europa en los que era posible ser tachado de antisemita por decir que todos los judíos pertenecen a una nación distinta. Hoy en día, el hecho de decir que los judíos no han sido nunca y siguen sin ser un pueblo o una nación hace que a uno lo califiquen de odiador de judíos.” [4].

Resulta bastante sorprendente que el único pueblo que ha logrado mantener una identidad nacional racialmente orientada, expansionista y genocida, la cual no se diferencia en nada de la ideología étnica nazi, sean los judíos, que fueron, entre otros, las principales víctimas de la ideología y la práctica nazis.

 

Nacionalismo en general y nacionalismo judío en particular

Louis-Ferdinand Celine mencionó que durante la Edad Media, entre las guerras, los caballeros cobraban un alto precio por estar dispuestos a morir en nombre de sus reinos, mientras que en el siglo XX los jóvenes no dudan en morir en masa, pero sin pedir nada como recompensa. Para poder comprender este cambio en la conciencia de masas es necesario un modelo metodológico elocuente que nos permita descifrar en qué consiste el nacionalismo.

Al igual que Karl Deutsch, Sand considera la nacionalidad como un discurso fantasmático. Es un hecho establecido que los estudios antropológicos e históricos de los orígenes de diferentes “pueblos” y “naciones” conducen a la embarazosa desintegración de cualquier etnia o identidad étnica. De ahí que resulte interesante encontrar que los judíos tienden a tomarse muy en serio su propio mito étnico. La explicación puede ser simple, tal como Benjamin Beit Halachmi señaló hace años. El sionismo estaba ahí para transformar la Biblia, que de texto espiritual pasó a ser un “acto notarial”. Por eso, la verdad de la Biblia o de cualquier otro elemento del discurso histórico judío tiene poca importancia siempre que no interfiera con la causa o con la práctica política nacional de los judíos.

Puede suponerse que la ausencia de un claro origen étnico no impide que la gente tenga el sentimiento de pertenencia étnica o nacional. El hecho de que los judíos estén lejos de ser un pueblo y de que la Biblia sea un texto de muy limitada verdad histórica no impide que generaciones de israelíes y judíos se identifiquen con el rey David o con el gigante Sansón. Está claro que la ausencia de un origen étnico inequívoco no impide que la gente se considere parte de un pueblo. De manera similar, tampoco impide que el judío nacionalista tenga el sentimiento de pertenencia a una gran colectividad abstracta.

En los años setenta, Shlomo Artzi, que entonces era un joven cantante israelí a punto de convertirse en la mayor estrella del rock de Israel, grabó una canción que alcanzó un éxito multitudinario en cuestión de horas. He aquí los primeros versos:

De repente
Un hombre se despierta
Por la mañana
Siente que es pueblo
Y echa andar
Y a todo el que se le cruza
Le dice shalom

Hasta cierto punto Artzi expresó inocentemente en sus versos la brusquedad y la casi eventualidad de la transformación de los judíos en un pueblo. Sin embargo, de forma simultánea Artzi contribuyó a la ilusión del mito nacional de la nación que busca la paz. A aquellas alturas Artzi debería haber sabido ya que el nacionalismo judío era un acto colonialista a expensas del pueblo autóctono palestino.

Según parece, el nacionalismo, la pertenencia nacional y el nacionalismo judío en particular son objeto de una importante tarea intelectual. Resulta interesante que los primeros en analizar teórica y metódicamente los asuntos relativos al nacionalismo fueran ideólogos marxistas. Aunque el propio Marx no logró encontrar una respuesta adecuada, el auge de las exigencias nacionalistas durante el siglo XX en la de Europa oriental y central pilló desprevenidos a Lenin y Stalin.

La contribución marxista al estudio del nacionalismo puede considerarse como el foco que ilumina la profunda relación existente entre el auge de la libre economía y el desarrollo del Estado nacional [5]. De hecho, Stalin resumió la posición marxista: “La nación”, dijo, “es una sólida colaboración entre seres, históricamente creada y formada de acuerdo con cuatro fenómenos compartidos: la lengua, el territorio, la economía y la significación psíquica...” [6].

Como era de esperar, el intento materialista marxista de comprender el nacionalismo carece de una visión histórica adecuada. En ausencia de ésta se basa en la lucha de clases. Por razones obvias, esta visión fue muy popular entre quienes creen en el “socialismo de una nación”, entre los cuales podemos incluir a los proponentes de una rama izquierdista del sionismo.

Para Sand, el nacionalismo evolucionó a causa del “éxtasis creado por la modernidad, que escinde a la gente de su pasado inmediato” [7]. La morbilidad creada por la urbanización y la industrialización pulverizó el sistema jerárquico social, así como la continuidad entre pasado, presente y futuro. Sand señala que antes de la industrialización el campesino feudal no sentía necesariamente la necesidad de un discurso histórico de imperios y reinos. El sujeto feudal no necesitaba un abstracto discurso histórico de amplias colectividades, que tenían muy poca importancia para la necesidad existencial inmediata y concreta. “Sin una percepción de progresión social, se las arreglaba bien con un relato religioso imaginario que contenía un mosaico de memoria sin dimensión real de un tiempo que avanza. El ‘fin’ era el principio y la eternidad hacía de puente entre la vida y la muerte.” [8]. En el mundo urbano moderno y laico, el “tiempo” se había convertido en el principal navío de la vida que ilustra un sentido simbólico imaginario. El tiempo histórico colectivo se había convertido en el ingrediente elemental de lo personal y lo íntimo. El discurso colectivo da forma a la significación personal y a lo que parece ser “real”. Por mucho que gentes banales sigan insistiendo en que “lo personal es político”, sería mucho más inteligible afirmar que en la práctica sucede lo contrario. En la condición posmoderna, lo político es personal y el sujeto es hablado en vez de hablar por sí mismo. La autenticidad es un mito que se reproduce a sí mismo bajo la forma de un identificante simbólico.

La lectura que hace Sand del nacionalismo como producto de la industrialización, la urbanización y la laicidad tiene mucho sentido si se considera la sugerencia de Uri Slezkin, según la cual los judíos son los “apóstoles de la modernidad”, la laicidad y la urbanización. Si los judíos se encontraron a sí mismos en el centro de la organización y de la laicidad no debería sorprendernos que los sionistas fuesen bastante creativos, como cualquier otro, a la hora de inventar su propio relato imaginario colectivo y fantasmático. Sin embargo, al insistir en su derecho a ser “como cualquier otro pueblo”, los sionistas han logrado transformar su pasado colectivo imaginario en un programa global, expansionista y despiadado y en la mayor amenaza contra la paz del mundo.

 

No existe una historia judía

Es un hecho establecido que entre el siglo I y principios del XIX no se escribió ningún texto histórico judío. El hecho de que el judaísmo se base en un mito histórico religioso puede tener algo que ver con esto. La tradición rabínica no se preocupó nunca de investigar adecuadamente el pasado judío. Es probable que una de las razones sea la ausencia de necesidad de proceder a un esfuerzo metódico. Para los judíos que vivían en tiempos antiguos y en la Edad Media, la Biblia estaba ahí para responder las preguntas más relevantes relacionadas con la vida diaria, la significación y el destino judíos. Tal como señala Shlomo Sand, “el tiempo cronológico laico era ajeno al ‘ tiempo de la diáspora’, determinado por la espera de la llegada del Mesías”.

Sin embargo, a la luz de la laicidad, la urbanización y la emancipación alemanas y a causa de la menor autoridad de los líderes rabínicos, surgió la necesidad de una causa alternativa entre los nacientes intelectuales judíos. El judío emancipado se preguntaba quién era, de donde venía. También empezó a especular que su función podría estar en el interior de una sociedad europea cada vez más abierta.

En 1820 el historiador judío alemán Isaak Markus Jost (1793-1860) publicó la primera obra histórica seria sobre los judíos, titulada The History of the Israelites. Jost evitó los tiempos bíblicos, prefirió iniciar su viaje con el reino de Judea y también compiló un discurso histórico de las diferentes comunidades judías del mundo. Jost se dio cuenta de que los judíos de su tiempo no formaban una continuidad étnica. Intuyó que los israelitas de distintos lugares eran diferentes. De ahí que pensase que no había nada en el mundo que pudiese impedir la total asimilación de los judíos. Jost creía que en el interior del espíritu ilustrado, tanto los alemanes como los judíos darían la espalda a la opresiva institución religiosa y formarían una saludable nación basada en un creciente sentido de pertenencia geográficamente orientado.

Aunque Jost era consciente del desarrollo del nacionalismo europeo, sus seguidores judíos estaban bastante descontentos con su optimista lectura liberal del futuro judío. “A partir del historiador Heinrich Graetz, los historiadores judíos empezaron a dibujar la historia del judaísmo como la de una nación que había sido un “reino”, que fue expulsada al “exilio” y que se convirtió en un pueblo errante que terminaba por regresar a su tierra natal” [9].

Para el difunto Moses Hess lo que definiría la forma de Europa era una lucha racial más que una lucha de clases. En consonancia, sugirió, más valdría que los judíos reflexionasen sobre su herencia cultural y su origen étnico. Para Hess, el conflicto entre judíos y gentiles era el producto de la diferenciación racial, es decir, algo inevitable.

El camino ideológico que va desde la orientación racista pseudocientífica de Hess y el historicismo sionista es bastante obvio. Si los judíos son una entidad racial distinta (tal como creían Hess, Jabotinsky y otros), lo mejor que pueden hacer es dirigirse a su patria natural, y ésta no es otra que Yeretz Yisrael. Está claro que el razonamiento de Hess con respecto a una continuidad racial carecía de base científica. Con vistas a mantener el emergente discurso fantasmático, era necesario erigir un mecanismo orquestado de negación para asegurarse de que algunos hechos embarazosos no interfiriesen con la emergente creación nacional.

Sand sugiere que el mecanismo de negación fue algo orquestado y muy bien planeado. La decisión de la Universidad Hebrea en los años treinta de separar la Historia Judía y la Historia General en dos departamentos distintos fue algo más que un asunto de conveniencia. El logos que subyace a esta división es una ojeada en la autorrealización judía. Para los universitarios judíos, la condición y la psique judías eran algo único que debía estudiarse por separado. Al parecer, incluso en el interior del entorno académico hebreo los judíos, su historia y la percepción de sí mismos tienen reservado un estatus supremo. Tal como Sand perspicazmente desvela, en los departamentos de Estudios Judíos el investigador está disperso entre lo mitológico y lo científico, mientras que el mito mantiene su primacía, lo cual hace que a menudo se atasque en un dilema provocado por “pequeños hechos tortuosos”.

 

El nuevo israelita, la Biblia y la arqueología

En Palestina, los nuevos judíos, más tarde israelíes, estaban determinados a reclutar el Antiguo Testamento y transformarlo en el código amalgamado del futuro judío. La “nacionalización “de la Biblia estaba ahí para implantar en los jóvenes judíos la idea de que son los descendientes directos de sus grandes antepasados antiguos. Teniendo en cuenta que la nacionalización era un movimiento ampliamente laico, se extirpó el significado espiritual y religioso de la Biblia, que pasó a ser considerada como un texto histórico que describía una cadena real de acontecimientos en el pasado. Los judíos que habían logrado matar a su Dios aprendieron a creer en sí mismos. Massada, Sansón y Bar Kochva se convirtieron en discursos suicidas. A la luz de sus heroicos antepasados, los judíos aprendieron a amarse a sí mismos tanto como odian a los demás, excepto que esta vez poseían la capacidad militar de infligir un dolor real a sus vecinos. Más preocupante era el hecho de que en vez de una entidad sobrenatural –es decir, Dios– que les ordenaba invadir un territorio, llevar a cabo un genocidio y robar la “Tierra Prometida” a sus habitantes autóctonos, en su renacido proyecto nacional eran ellos mismos, Herzl, Jabotinsky, Weitzman, Ben Gurion, Sharon, Peres, Barak, quienes decidieron expulsar, destruir y matar. En vez de Dios, eran los judíos quienes mataban en nombre del pueblo judío. Lo hicieron con símbolos judíos decorando sus aviones y sus tanques. Siguieron las órdenes que se les daban en la lengua recién restaurada de sus antepasados.

Lo sorprendente es que Sand, que es sin duda alguna un lúcido historiador, no mencione que el secuestro sionista de la Biblia fue de hecho una desesperada respuesta judía al temprano romanticismo alemán. Sin embargo, por muy ideológica y estéticamente excitados que estuviesen los filósofos, poetas, arquitectos y artistas alemanes por la Grecia presocrática, sabían muy bien que ellos no eran exactamente hijos e hijas del helenismo. El nacionalista judío dio un paso más lejos, se integró en una cadena sanguínea fantasmática con sus míticos antepasados al poco tiempo de haber restaurado su lengua antigua. De ser una lengua sagrada, el hebreo se había convertido en una lengua hablada. El temprano romanticismo alemán nunca llegó tan lejos.

Los intelectuales alemanes durante el siglo XIX eran también perfectamente conscientes de la distinción entre Atenas y Jerusalén. Para ellos, Atenas era lo universal, el capítulo épico de la humanidad y el humanismo. Jerusalén era, por el contrario, el gran capítulo de la barbarie tribal. Jerusalén era una representación de un Dios despiadado, banal, no universal y monoteísta, capaz de matar a ancianos y a lactantes. La era romántica alemana inicial nos legó a Hegel, Nietzsche, Fichte y Heidegger y a unos cuantos judíos que se odiaban a sí mismos, entre los cuales el más importante fue Otto Weininger. Los jerusalenitas no nos legaron ni un solo pensador ideológico. Algunos académicos judíos alemanes de segunda categoría trataron de predicar Jerusalén en la exedra germánica, entre ellos Herman Cohen, Franz Rosenzveig y Ernst Bloch. Obviamente, no llegaron a darse cuenta de que los románticos alemanes iniciales despreciaban las huellas de Jerusalén en la cristiandad.

En su esfuerzo por resucitar a “Jerusalén”, se acudió a la arqueología para que proporcionara una base “científica” necesaria al epos sionista. La arqueología estaba ahí para unificar el tiempo bíblico con el momento de la reinstauración. Es probable que el momento más sorprendente de esta extraña tendencia ocurriese en 1982 con la “ceremonia del entierro militar” de los huesos de Shimon Bar Kochva, un rebelde judío que había muerto 2000 años antes. Dirigido por el rabino militar en jefe, se procedió al entierro militar de unos cuantos huesos encontrados en una cueva cerca del Mar Muerto. En la práctica, los supuestos restos de un rebelde judío del siglo I fueron tratados como si fuese una baja del ejército israelí. Estaba claro que la arqueología tenía una función nacional, había sido reclutada para consolidar el pasado y el presente, dejando fuera al Galut, el exilio judío.

Lo sorprendente es que no pasó mucho tiempo antes de que las cosas dieran un giro completo. Conforme la investigación arqueológica se fue independizando del dogma sionista, la embarazosa verdad salió a la luz. Era imposible demostrar la veracidad del relato bíblico con hechos forenses. De hecho, la arqueología refuta la historicidad del argumento bíblico. Las excavaciones revelaron este incómodo hecho. La Biblia es un compendio de innovadora literatura de ficción.

Tal como señala Sand, la historia bíblica primigenia está impregnada de filisteos, arameos y camellos. Lo embarazoso es que las excavaciones demuestran que los filisteos no aparecieron en la región antes del siglo XII a. de J.C.; los arameos un siglo después y los camellos no mostraron sus caras joviales antes del siglo VIII. Estos hechos científicos sumieron a los investigadores sionistas en una grave confusión. Sin embargo, para algunos académicos no judíos, como Thomas Thompson, estaba bastante claro en la Biblia es un “conjunto tardío de innovadora literatura escrita por un talentoso teólogo” [10]. La Biblia parece ser un texto ideológico que estaba ahí para servir a una causa social y política.

Lo peor es que en el Sinaí no se pudieron encontrar muchas pruebas que probasen la historia del legendario éxodo egipcio, en el que unos tres millones de hombres mujeres y niños hebreos vagabundearon en el desierto durante 40 años sin dejar el menor rastro. Ni siquiera una mísera bola de Matzá, el pan ácimo judío.

La historia del nuevo reasentamiento bíblico y del genocidio de los cananeos, que los israelitas contemporáneos imitan con tanto éxito, es otro mito. Jericó, la ciudad fortificada que fue destruida a toque de trompetas con la intervención sobrenatural del altísimo, era sólo un pequeño pueblecito durante el siglo XII a. de J.C.

Por mucho que Israel se considere a sí mismo como la reactivación del monumental reino de David y Salomón, la excavación que tuvo lugar en la vieja ciudad de Jerusalén durante los años setenta reveló que el reino de David no era más que un pequeño asentamiento tribal. Las pruebas que había aportado Yigal Yadin respecto al rey Salomón fueron refutadas más tarde con estudios forenses realizados con carbono 14. Estos incómodos hechos han quedado científicamente establecidos. La Biblia es un relato de ficción y no existe base alguna sobre la que pueda basarse cualquier gloriosa existencia del pueblo hebreo en Palestina en ningún momento.

 

¿Quién inventó a los judíos?

Ya desde el inicio de su texto, Sand plantea preguntas cruciales muy relevantes: ¿Quiénes son los judíos? ¿De dónde vinieron? ¿Cómo es que en períodos históricos diferentes aparecen en lugares muy distintos y remotos?

Aunque la mayoría de los judíos contemporáneos están totalmente convencidos de que sus antepasados son los israelitas bíblicos, que fueron brutalmente exiliados por los romanos, es preciso decir la verdad. Los judíos contemporáneos no tienen nada que ver con los antiguos israelitas, que nunca fueron enviados al exilio porque dicha expulsión nunca tuvo lugar. El exilio romano es otro mito judío.

“Empecé a buscar estudios de investigación sobre el exilio”, ha dicho Sand en una entrevista concedida al Haaretz [11], “pero descubrí con asombro que no existe ninguna literatura al respecto. La razón es que nadie exilió al pueblo de este país. Los romanos no exiliaron gente y no podrían haberlo hecho incluso si hubieran querido. Carecían de trenes y camiones para deportar a poblaciones enteras. Ese tipo de logística no existió hasta el siglo XX. Mi libro nació, efectivamente, de una constatación: de la certeza de que la sociedad judaica no fue ni dispersada ni exiliada.”.

Además, a la luz de la simple introspección de Sand, la idea del exilio judío resulta graciosa. Puede que el hecho de pensar que la armada imperial romana se dedicaba veinticuatro horas por día, siete días por semana a transportar dificultosamente a Moishe’le y a Yanka’le hasta Córdoba y Toledo sirva para que los judíos se sientan importantes y transportables, pero el sentido común sugiere que los romanos tenían cosas más importantes que hacer.

Sin embargo, mucho más interesante es el resultado lógico: si el pueblo de Israel no fue expulsado, entonces los verdaderos descendientes de los habitantes del reino de Judá deben ser los palestinos.

“Ninguna población permanece pura durante un período de miles de años”, dice Sand [12]. “Pero las posibilidades de que los palestinos sean descendientes del antiguo pueblo judaico son mucho mayores que las de que usted o yo seamos sus descendientes. Los primeros sionistas, hasta la Sublevación Árabe (1936-1939) sabían que no había habido exilio y que los palestinos eran los descendientes de los habitantes del territorio. Sabían que los campesinos no se van hasta que se los expulsa. Incluso Yitzhak Ben-Zvi, el segundo presidente del Estado de Israel, escribió en 1929 que “la mayoría de los campesinos no descienden de los conquistadores árabes, sino más bien de los campesinos judíos, que eran numerosos y mayoritarios en la construcción del territorio.”

En su libro, Sand va aún más lejos y sugiere que hasta el primer Levantamiento Árabe (1929), los denominados líderes sionistas izquierdistas tenían tendencia a creer que los campesinos palestinos, que son en realidad “judíos por su origen”, se asimilarían en el interior de la emergente cultura hebrea y terminarían por unirse al movimiento sionista. Ben Borochov creía que “un falach (campesino palestino) si se viste como un judío y se comporta como un judío de la clase trabajadora, no se diferencia en nada de los judíos”. Esta misma idea reapareció en el texto de Ben Gurion y Ben-Zvi en 1918. Ambos líderes sionistas se dieron cuenta de que la cultura Palestina está impregnada de huellas bíblicas, tanto desde el punto de vista lingüístico como geográfico (nombres de aldeas, pueblos, ríos y montañas). Ben Gurion y Ben-Zvi, al menos en un principio, consideraban a los palestinos nativos como parientes étnicos que permanecían apegados a la tierra y eran hermanos potenciales. También consideraban el islam como una amistosa “religión democrática”. Claramente, después de 1936, tanto Ben Gurion como Ben-Zvi diluyeron su entusiasmo “multicultural”. En lo que respecta a Ben Gurion, la limpieza étnica de los palestinos le pareció mucho más atractiva.

Vale la pena plantear la pregunta: si los palestinos son los auténticos judíos, ¿quiénes son esos que insisten en llamarse a sí mismos judíos?

La respuesta de Sand es bastante simple, pero está cargada de sentido. “El pueblo no se diseminó, fue la religión judía la que se diseminó. El judaísmo era una religión de conversos. Contrariamente al sentir popular, el judaísmo inicial adoraba convertir a los demás.” [13].

Es evidente que las religiones monoteístas, al ser menos tolerantes que las politeístas, tienen un ímpetu de expansión. El expansionismo judaico en sus primeros días no sólo era similar al cristianismo, sino que fue el expansionismo judaico quién plantó las semillas de la diseminación en el pensamiento y en la práctica cristianos iniciales.”Los hasmoneos”, dice Sand [14], “fueron los primeros en contribuir con un gran número de conversos a la masa judía, y ello bajo la influencia del helenismo. Fue esta tradición de las conversiones lo que preparó el terreno para la posterior diseminación de la cristiandad. Tras la victoria de la cristiandad en el siglo IV, la tendencia a la conversión al judaísmo se detuvo en el mundo cristiano y hubo un descenso importante en el número de judíos. Es probable que muchos de los judíos del entorno mediterráneo se convirtieran en cristianos. Pero entonces el judaísmo empezó a permear otras regiones paganas, tales como el Yemen y África del Norte. Si el judaísmo no hubiera continuado su avance en aquel momento convirtiendo pueblos del mundo pagano, habría seguido siendo una religión completamente marginal, caso de haber sobrevivido.”

Los judíos de España, que creemos relacionados mediante lazos de sangre con los israelitas iniciales, parecen ser bereberes convertidos. “Me pregunté a mí mismo”, dice Sand, “como fue que aparecieron en España unas comunidades judías tan numerosas. Entonces vi que Tariq ibn Ziyad, el comandante supremo de los musulmanes que conquistaron España, era berebere, y que la mayor parte de sus soldados eran bereberes. El reino berebere judío de Dahlia al-Kahima había sido derrotado sólo 15 años antes. Y la verdad es que un cierto número de fuentes cristianas dicen que muchos de los conquistadores de España eran conversos judíos. La fuente más profunda fe la gran comunidad judía de España eran aquellos soldados bereberes que se convirtieron al judaísmo.”

Como era de esperar, Sand aprueba la ampliamente aceptada asunción de que los kazarios judaizados constituyeron los principales orígenes de las comunidades judías de la Europa del Este, que él denomina la Nación Yiddish. Cuando se le preguntó cómo fue que llegaron a hablar el yiddish, que está considerado como un dialecto medieval alemán, respondió: “Los judíos eran un pueblo que dependía de la burguesía alemana en el Este, así que adoptaron palabras alemanas”.

En su libro, Sand ofrece una enumeración detallada de la saga kazaria en la historia judía. Explica qué fue lo que condujo al reino kazario hacia la conversión. Teniendo en cuenta que el nacionalismo judío está liderado en su mayor parte por una elite kazaria, puede que debamos expandir nuestro conocimiento íntimo de este grupo político tan único e influyente. La traducción de la obra de Sand a otras lenguas es una necesidad inmediata (la traducción francesa está a punto de aparecer, tal como se dice en Are the Jews an invented people?, de Eric Rouleau .

 

¿Qué viene a continuación?

El profesor Sand nos deja con la inevitable conclusión: los judíos contemporáneos no tienen un origen común y su origen semita es un mito. Los judíos no se originan en Palestina de ningún modo y, por lo tanto, su denominado “retorno” a su “tierra prometida” debe considerarse como una invasión ejecutada por un clan ideológico tribal.

Sin embargo, a pesar de que los judíos no constituyen una raza, por alguna razón parecen tener una orientación racial. Es de señalar que muchos judíos todavía consideran el matrimonio mixto como la mayor amenaza. Además, a pesar de la modernización y la laicidad, la mayoría de quienes se identifican como judíos laicos siguen sucumbiendo al ritual de la sangre, la circuncisión, un procedimiento religioso único en el que un Mohel, el ejecutante, chupa la sangre del circuncidado.

En lo que respecta a Sand, Israel debe convertirse en “un Estado de sus ciudadanos”. Al igual que Sand, yo también comparto la misma visión utópica futurista. Sin embargo, contrariamente a Sand, considero que el Estado judío y los grupos de presión que lo apoyan han de ser ideológicamente derrotados. La hermandad y la reconciliación son ajenos a la visión del mundo tribal de los judíos y no caben en el concepto de resurgimiento nacional judío. Por muy terrible que suene, antes de que los israelíes puedan adoptar una noción moderna y universal de la vida civil será necesario un proceso de desjudeización.

No cabe duda de que Sand es un extraordinario intelectual, probablemente el pensador izquierdista israelí más avanzado. Representa la forma más elevada de pensamiento que un israelí laico puede alcanzar antes de retroceder o de incluso desertar al lado palestino (lo cual es algo que ha sucedido con unos pocos, yo incluido). Ofri Ilani, el entrevistador del Haaretz, dijo de Sand que contrariamente a otros “nuevos historiadores” que han tratado de socavar las asunciones de la historiografía sionista, “Sand no se contenta con retroceder a 1948 o a los principios del sionismo, sino que retrocede miles de años”. Es así, contrariamente a los “nuevos historiadores”, que “desvelan” una verdad que cualquier niño palestino conoce, es decir, la verdad de que están siendo objeto de una limpieza étnica, Sand erige un corpus de obra y pensamiento que busca la comprensión del significado del nacionalismo judío y de la identidad judía. Ésa es la esencia verdadera de la erudición. Más que reunir fragmentos históricos esporádicos, Sand busca el significado de la historia. Más que un “nuevo historiador” que busca un nuevo fragmento, es un auténtico historiador motivado por una tarea humanista. Contrariamente a algunos de los historiadores judíos que contribuyen al denominado discurso de izquierda, la credibilidad y el éxito de Sand se basan en sus argumentos más que en sus antecedentes familiares. Evita adornar sus argumentos con sus parientes que sobrevivieron al holocausto. Al leer los feroces argumentos de Sand uno debe admitir que el sionismo, con todos sus defectos, ha logrado erigir en el interior de sí mismo un discurso orgulloso y autónomo que es mucho más elocuente y brutal que la totalidad del movimiento antisionista en el mundo entero.

Si Sand tiene razón, y estoy convencido de que la tiene, los judíos no son una raza sino un colectivo de mucha gente ampliamente secuestrada por un movimiento nacional fantasmático tardío. Si los judíos no son una raza, no forman un grupo racial y no tienen nada que ver con el semitismo, el antisemitismo es, categóricamente, un significante vacío. Claramente se refiere a un insignificante que no existe. En otras palabras, nuestra crítica del nacionalismo judío, de los grupos de presión judíos y del poder judío sólo pueden concebirse como una crítica legítima de ideología y de práctica.

Lo repito de nuevo, no estamos y nunca lo estuvimos contra los judíos (el pueblo) ni tampoco contra el judaísmo (la religión); estamos contra una filosofía colectiva de claros intereses globales. Algunos pueden preferir llamarla sionismo, pero yo prefiero no hacerlo. El sionismo es un significante demasiado estrecho para comprender la complejidad del nacionalismo judío, su brutalidad, su ideología y su práctica. El nacionalismo judío es un espíritu y los espíritus no tienen fronteras bien delimitadas. De hecho, ninguno de nosotros sabe exactamente dónde termina la judeidad y dónde empieza el sionismo, de la misma manera que no sabemos dónde terminan los intereses israelíes y donde empiezan los intereses de los neocons.

En lo que respecta a la causa Palestina, el mensaje es devastador. Nuestros hermanos y hermanas palestinos están en la vanguardia de una lucha contra una filosofía devastadora. Pero está claro que no son sólo los israelíes, a quienes se enfrentan con valiente pragmatismo, quienes inician conflictos globales de escala gigantesca. Se trata de una práctica tribal que busca la influencia en los pasillos del poder y del superpoder. El American Jewish Committee busca una guerra contra Irán. Sólo para situarse en el lado seguro, David Abrahams, un “amigo laborista de Israel”, dona dinero por delegación al Partido Laborista. Más o menos al mismo tiempo, 2 millones de iraquíes mueren en una guerra ilegal diseñada por alguien llamado Wolfowitz. Mientras que todo esto ocurre, millones de palestinos pasan hambre en campos de concentración y Gaza está al borde de una crisis humanitaria. Mientras esto ocurre, judíos “antisionistas” y judíos de izquierda (Chomsky incluido) insisten en neutralizar las críticas contra el AIPAC, el grupo de presión judío y el poder judío de Mearcheimer y Walt [15].

¿Es sólo Israel? ¿Es realmente sionismo? ¿O debemos admitir que es algo mucho mayor de lo que podemos contemplar dentro de las fronteras intelectuales que nos imponemos a nosotros mismos? Tal como están las cosas, carecemos del coraje intelectual para enfrentarnos al proyecto nacional judío y a sus muchos mensajeros en todo el mundo. Sin embargo, como todo es cuestión de invertir conciencias, las cosas van a cambiar pronto. De hecho, este texto ha sido escrito para probar que ya están cambiando.

Defender a los palestinos es salvar el mundo, pero para hacerlo hemos de tener suficiente coraje como para admitir que no se trata meramente de una batalla política. No es sólo Israel, su ejército o su dirigencia; no son tampoco Dershowitz, Foxman y sus ligas silenciadoras. Se trata de una guerra contra un espíritu canceroso que ha secuestrado a Occidente y, al menos de momento, lo ha desviado de su inclinación humanista y de sus aspiraciones atenienses. Luchar contra un espíritu es mucho más difícil que luchar contra gente, precisamente porque quizás sea necesario luchar primero contra sus huellas dentro de uno mismo. Si queremos luchar contra Jerusalén primero tendremos que confrontar a la Jerusalén que llevamos dentro. Puede que tengamos que situarnos frente al espejo y mirar alrededor. Puede que tengamos que buscar rastros de empatía en nuestro interior, si es que todavía nos queda alguno.

 

Notes

[1] When And How The Jewish People Was Invented?, Shlomo Sand, Resling 2008, p. 11.

[2] http://www.haaretz.com/hasen/spages/966952.html

[3] When And How The Jewish People Was Invented?, Shlomo Sand, Resling 2008, p. 31.

[4] Ibid, p. 31.

[5] Ibid, p. 42.

[6] Ibid.

[7] Ibid, p. 62.

[8] Ibid.

[9] http://www.haaretz.com/hasen/spages/966952.html

[10] When And How The Jewish People Was Invented?, Shlomo Sand, Resling 2008, p. 117.

[11] http://www.haaretz.com/hasen/spages/966952.html

[12] Ibid.

[13] Ibid.

[14] Ibid.

[15] http://www.lrb.co.uk/v28/n06/mear01_.html


 


Fuente: http://palestinethinktank.com/2008/09/02/gilad-atzmon-the-wandering-who/

Artículo original publicado el 2 de septiembre de 2008

Sobre el autor

Manuel Talens es miembro de Cubadebate, RebeliónTlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y la fuente.

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TIERRA DE CANAÁN: 03/09/2008

 
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